Cuando una persona fallece, sus bienes deben tener una continuidad, así como sus deudas. De ello se ocupa la figura de la sucesión, que determina cuál va a ser el destino del patrimonio de la persona fallecida, excepto aquellos componentes que se extingan con la muerte y, por tanto, no se pueden transmitir. Además, no se incluyen en la herencia tan solo cuestiones puramente económicas. También están incluidas otras cuestiones no económicas como, por ejemplo, la defensa del honor. Pero no es lo mismo ser sucesor a título de heredero que ser sucesor a título de legatario. Ambas figuras tienen una significación distinta y unos caracteres muy diferentes.

En primer lugar, hay que decir que, en nuestro ordenamiento jurídico actual, existen dos tipos de sucesiones. Estaría, en primer lugar, la sucesión ab intestato, que es aquella en la que el fallecido ha realizado un testamento, en cualquiera de sus formas, que determine cómo desea que se reparta su patrimonio una vez que se produzca su defunción. Esta sucesión testamentaria no es completamente libre, pues tiene unos límites, las legítimas, que es una parte de los bienes que debe pasar indefectiblemente a determinados parientes. En el lado contrario, si no se ha realizado un testamento, se abrirá la sucesión intestada, tal y como ordena nuestro Código Civil en sus artículos 912 a 958, dentro del Capítulo III.

Es importante diferenciar estos dos tipos de sucesiones dado que la figura del legatario solo puede existir en una de ellas, en la sucesión que se realiza mediante testamento. En cambio, la figura del heredero existe en ambos tipos de sucesiones, ya que en la sucesión determinada mediante el Código Civil siempre se sucede a título de heredero. Para que alguien sea legatario, el testador lo ha debido indicar así en su testamento.

El artículo 660 de nuestro Código Civil distingue ya las dos figuras, determinando que será heredero el sucesor a título universal y, por otro lado, se considerará legatario al sucesor a título particular.

Podríamos definir al heredero como aquella persona que recibe todas las relaciones de su causante o una parte de las mismas, es el continuador, de alguna forma, de la personalidad jurídica que tenía el fallecido. En cambio, un legatario sería aquel que, por virtud de testamento, obtiene un bien determinado o un derecho concreto que se encuentra dentro del patrimonio del difunto. Por ello, como ya hemos señalado, mientras que un heredero puede serlo tanto por virtud de la ley como por la voluntad del testador, materializada en el testamento, un legatario solo puede ocupar dicha posición por la voluntad del causante, que ha debido dejarlo establecido en su última voluntad.

La diferencia más significativa tiene que ver con la responsabilidad que ambas figuras tienen. Es la diferencia que puede inclinar la balanza en un sentido o en el otro, a la hora de realizar un testamento. El heredero responde de las deudas del causante ultra vires hereditatis, es decir, con todos sus bienes, no solo con lo obtenido en la herencia. En cambio, el legatario, en principio, no responde de las deudas que puedan existir en la herencia.

El legatario, por lo tanto, solo respondería de las deudas en el caso de que se hubiera otorgado un prelegado, que es un legado de deuda concreta. También responden los legatarios cuando toda la herencia se ve repartida en legados. Por otro lado, la única manera que tiene un heredero de no responder con sus propios bienes a una herencia sería mediante el beneficio de inventario, teniendo de esta manera una responsabilidad intra vires hereditaris, es decir, hasta donde alcancen los bienes heredados.

Otra diferencia importante existe respecto al papel que ambos ostentan en la sucesión. Mientras que el heredero es un verdadero sucesor y, por lo tanto, podrá llevar a cabo todas las operaciones que emanan de dicha posición tales como liquidar la herencia, pagar las deudas, etc., el legatario no puede ocupar dicha posición, porque su posición no es la de un auténtico sucesor. Por lo tanto, será el heredero el que deberá entregar el objeto de su legado al legatario, salvo que la herencia consista toda ella en legados. En tal caso, se seguirán unas reglas diferentes que se pueden encontrar en la Ley Hipotecaria.

Otra diferencia que hay que tener en cuenta y que emana de las características anteriormente citadas, opera con respecto a la aceptación. El heredero, para poder erigirse como sucesor del causante, tiene que aceptar la herencia, para lo cual se establecen ciertos plazos y reglas. En cambio, respecto al legatario, se considera aceptado el legado sin que el legatario tenga que realizar ninguna acción. Todo lo contrario, el legatario deberá pronunciarse en el caso de que decida repudiar su legado. El legatario obtendría aquello que se le legó de forma automática, una vez fallecido el testador, y deberá solicitar su entrega al heredero.

Las diferentes formas de aceptación tienen consecuencias también respecto a los frutos y rentas que se puedan llegar a obtener de los bienes de la herencia. Dado que el heredero es tal en el momento en que se produce la aceptación, comenzará a recibir dichos frutos y rentas desde ese momento, desde que acepta. En cambio, el legatario, al ocupar esta posición automáticamente una vez que fallece el testador, recibirá los frutos y las rentas que puedan arrojar los bienes a él legados desde ese mismo momento.

Podemos encontrar, finalmente, otra diferencia con respecto a la repudiación. El heredero, en el caso de repudiar la herencia, debe hacerlo de forma completa. Es decir, no es válido que decida aceptar una parte de la herencia y repudiar otra, no puede llevar a cabo una aceptación parcial. En cambio, el legatario, si le han sido legados varios bienes, puede decidir aceptar unos y repudiar los otros. La única excepción a ello es si uno de los legados que ha recibido era oneroso, es decir, debía dar algo a cambio de recibirlo. En este caso concreto, el legatario no podrá rechazar el legado oneroso y aceptar los demás, aunque sí podrá aceptar éste y repudiar los otros. En el caso de que una persona haya sido nombrada al mismo tiempo en el testamento como heredero y como legatario, podrá repudiar la herencia y aceptar el legado, o viceversa.

Por último, hay que señalar que existen figuras intermedias, que pueden generar confusión. El legatario de parte alícuota, que es aquel que ha sido instituido como legatario, pero en una parte concreta de la herencia (por ejemplo, en un tercio) y el heredero en res certa, que es nombrado como heredero, pero respecto a un bien determinado. Respecto al heredero en res certa, la jurisprudencia es poco proclive a admitir la figura, por lo que habría que estar a cada caso concreto para saber qué efectos se aplicarán. En cambio, se acepta más comúnmente al legatario de parte alícuota, que sería un legatario con características especiales.